domingo, 17 de enero de 2010

MÁS SOBRE EL ULTIMO SAMURAI


El Último Samurai. Una Rebelión auténtica contra la modernización del Japón.
“El Último Samurai” describe con mediano acierto la época inicial de la Revolución Meiji, que hizo del Japón la potencia industrial que hoy es. Está se inicia en 1867 cuando un grupo de samuráis, los de los daimios de Satsuma y Choshu se levantan contra los Tokugawa para reponer la figura del emperador, desde hacía siglos retenida en la cárcel de algodón de Kyoto.
La “época feudal” nipona se inicia en el año 1192 (aunque los samuráis, literalmente “los que sirven” surgieron de la reforma Kondei en el ejército japonés en 792) cuando ante su propia inoperancia, el emperador comienza a delegar funciones en los jefes militares, los shogunes comienzan a luchar entre sí para lograr la posición de más ventaja. Estas luchas concluyen en el s. XVI cuando Jeyasu consigue imponerse sobre los demás, es nombrado alcalde del palacio del emperador y funda la dinastía Tokugawa, que gobernará las islas en un periodo de relativa paz hasta que es depuesta a favor del mikado(emperador). Durante esta época los antiguos guerreros se hacen en muchos casos ociosos poetas y filósofos que siguen al mismo tiempo cultivando y perfeccionando el uso y arte de la espada. Estos guerreros no son otros que los samuráis, quienes además se empapan de la doctrina del budismo zen, introducido en Japón en el siglo XIII. Su vida era una sucesión de días repartidos entre la contemplación y la perfección de la técnica, ya que respetados por sus dotes guerreras y como representantes que eran del orden establecido en tanto servidores de los daimios, no participaban en las labores agrícolas que penosamente soportaba el pueblo campesino, totalmente en sus manos por lazos de servidumbre.
Casualmente tanto el principio como el fin de la época Tokugawa viene marcado por la arribada en s costas niponas de los “bárbaros de ojos grandes”. Hacia principios del siglo XVI, llegan al Japón los portugueses, en plena expansión por el pacífico y con ellos los misioneros jesuitas. Tras un primer encuentro presidido por la curiosidad, los nipones reaccionan salvajemente expulsándolos y, con el triunfo de una opción centralizadora poderosa como es el shogunato Tokugawa , se cierran fronteras a la influencia occidental1. El fin de su mandato está determinado precisamente por la irrupción en 1853 de los EEUU en las islas de mano del almirante Perry, que obliga al enquistado y autocomplaciente régimen a firmar acuerdos de apertura de fronteras y comercio a los que luego seguirán los pactados con otras potencias occidentales2. Ante la debilidad mostrada por el Shogunato y la indefensión en la que han postrado al Japón, surge la revuelta desde los ya díscolos daimios del Sur para reimponer el orden. En las batallas que se sucedieron, destacó por el bando imperial Saigo Takamori (personaje en el que se inspira el Katsumoto de la película).
Pero ante lo que esperaba esta reacción, el gobierno de Mutsu-Hito, emperador Meiji, instalado en la antigua capital shogunal Edo, rebautizada como Tokio, inició un proceso de modernización basado en la apertura y la adopción de las técnicas y los métodos (en todos los órdenes) occidentales.
Esta adaptación a los nuevos tiempos pasaba por la apertura al capitalismo, lo que se haría con la formación de zaibatzus en manos de las familias afines al nuevo régimen; por la adopción de la estructuras políticas europeas, principalmente las prusianas (aunque en ningún momento la democracia más allá de como un mero formalismo); y por la formación de un ejército acorde a los nuevos tiempos (para lo que contaron con la colaboración, primero de Francia, y luego de Alemania, nunca de EEUU, por lo que el grueso del film es, literalmente, mentira).
De este modo, las aspiraciones regeneracionistas de Saigo y otros samuráis, que sólo intentaban volver a la anterior situación de aislamiento y dominio exclusivo de sus tierras, no se vieron satisfechas. Pronto comenzaron a elaborarse leyes que les obligaban a contribuir a las arcas públicas y medidas restrictivas sobre sus actividades; entre ellas, leyes suntuarias y la prohibición de llevar espadas. El Estado se hacía, como en occidente, con el monopolio de la fuerza y anulaba una de las señas de la distinción político-social de esta casta de privilegiados.
La reacción no se hizo esperar, y Saigo abandonó el consejo al sentir traicionados sus intereses. Pronto organizó una marcha desde el Sur con nada pacíficas intenciones; debido a su prestigio, samuráis de todo el país comenzaron a unírsele. De este modo se inició la conocida como última rebelión samurai, la Rebelión Satsuma (1876-1877) que enfrentó a los ejércitos de nueva hornada con las katanas medievales. Unos 50.000 samuráis se enfrentaron, a tal como él los definió “sucios granjeros”, en una batalla decisiva de una semana de duración. Derrotado y obligado a retirarse, Saigo se practicó el seppuku o hara-kirisiguiendo el código de honor-guerrero Bushido. En 1889, a un año de la proclamación de la Constitución, la figura de Saigo fue reivindicada públicamente, e indultado póstumamente fue elevado a la categoría de héroe nacional.
Sin embargo la influencia de los samuráis y sus códigos no terminan aquí. Uno de los planes para la regeneración nacional presentados por Saigo al consejo imperial fue la necesidad de la independencia nacional a través de una política exterior agresiva basada en la invasión de Corea (punto sobre el que giraría desde entonces la política nipona). La lectura más reaccionaria del Bushido3 permanecería durante muchos años en los entornos militares japoneses, desembocando en el imperialismo ultranacionalista de la Segunda Guerra Mundial. Por último, y a un nivel más anecdótico, la historia del escritor y dramaturgo Yukio Mishima es indicadora de la contradicción aún existente en Japón entre la adaptación a los nuevos tiempos y la conservación de la propia identidad como nación (o lo que se considera como tal mirando de forma romántica al pasado), y de la que la Rebelión Satsuma fue una de las primeras manifestaciones. Mishima, que siendo un tradicionalista reconocido sentía un gran interés por occidente, dolido por el nuevo Japón occidentalizado y anhelante de unos tiempos que no iban a volver, y diciéndose descendiente de samuráis, en 1968 escribe “Por el camino del samurai” y “En defensa de la cultura” llegando, en 1970 a practicarse el seppuku ante el jefe del estado mayor del ejército en protesta por la desmilitarización obligada de su país por los acuerdos de paz de 1952.
JOSÉ MANUEL MATO ORTEGA
Licenciado en Historia
Universidad de Cádiz
Artículo publicado en la Revista de Historia UBI SUNT? nº15. Año VII, Abril 2004.Páginas 6y7